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EDITORIAL

¿Hacia la desaparición del periodismo de calidad?

dic. 10, 2017 11:49

en Opinión

Diario La Mañana de Bolívar - Opinión - ¿Hacia la desaparición del periodismo de calidad?

Por Víctor Agustín Cabreros.

El periodismo, particularmente el de pueblo, el que se ejerce en las pequeñas empresas editoriales radicadas en el interior profundo del país, el que no sale por las pantallas televisivas de los grandes grupos concentrados en la Capital Federal, está desde hace unos cuantos años en seria amenaza de extinción. No es un fenómeno nuevo; pero en los últimos tiempos y a caballo de los cada vez más rápidos cambios que imponen las nuevas tecnologías, la cuestión ingresó en una pendiente pronunciada cuyas consecuencias, todavía no del todo mensuradas, se verán a corto plazo.

Las redes sociales activan una suerte de “periodismo ciudadano” en el marco del cual, con el único recurso de poseer un teléfono celular con acceso a Internet, los usuarios nos sentimos intérpretes calificados de cuanto sucede. Opinamos, discutimos, confrontamos y apostrofamos con pretensión de verdad de todos los temas, calificando y descalificando sobre la única base de nuestras propias sensaciones o intereses. Esas calificaciones podrán, por lo tanto, cambiar rápidamente apenas cambien las sensaciones o la afectación de intereses personales que le dieron origen. Está muy bien que esto suceda y, al fin de cuentas, nada importa si está bien o mal a fuerza de ser inevitable. Pero no es periodismo.

En paralelo, las pequeñas empresas editoriales -muy especialmente las que editan diarios en formato papel- están siendo bombardeadas en sus propias bases de sustentación. Son estas empresas y no otras las que cobijan el escaso periodismos de calidad que aún subsiste, entendiendo como tal a aquel periodismo que hace un esfuerzo por aproximarse a la verdad, al que chequea la noticia, a la que recurre a diversas fuentes y las entrecruza, al que le interesa la credibilidad antes que la primicia.

Los formatos digitales, a los cuales todos los medios deberán acceder más temprano que tarde, plantean una encubierta amenaza a esa calidad periodística. Los gurús informáticos, los hombres y mujeres especialistas en estos formatos que hoy son las vedettes de la comunicación universal, aconsejan en todos los foros la “reconversión”. Una palabrita que en la década del 90 le trajo muchos dolores de cabeza al empresariado pyme argentino y que  hoy vuelve a asomar aplicada a los emprendimientos periodísticos con iguales características. 

¿Qué significa para ellos la reconversión? O mejor dicho: ¿qué otras palabras se esconden detrás de esta premisa, de este aparentemente sano consejo tendiente a salvar las economías de las empresas del sector? Digámoslo ya: el achicamiento de las estructuras. Pasado en limpio: ahorrar en mano de obra sumando más y más tecnología que incluye, obviamente, la robotización aplicada a numerosos procesos, hoy en manos de personas de carne y hueso. No crea el lector que quien firma esta columna se volvió loco o que está leyendo libros de ciencia ficción. Nada de eso. Hablamos de cosas que ya están en aplicación, algunas de las cuales incluso ya estamos aplicando sencillamente porque el ventarrón tecnológico nos lleva irremediablemente para ese lado.

Más cosas nos dicen los gurús y sus palabras son tomadas como verdad revelada por gente con poder de decisión en distintos ámbitos de los Estados. Aseguran que las pequeñas empresas editoriales, si quieren salvar sus economías, deben forzar la desaparición del papel, aquel mal augurio que pronosticó Bill Gates anunciando su muerte para el año 2000. Y entonces, el achicamiento de estructuras vendrá por una doble vía: por la desaparición del obrero gráfico y por la transformación del trabajo de los periodistas, algunos de los cuales deberán ponerse el traje de SEOs (Search Engine Optimizer) de Facebook y Google. ¡Válganos Dios!

El gran problema es que estos tipos tienen razón. La tienen, al menos, vista con ojos fríamente empresarios. Es fácil sacar la cuenta. Hagámoslo juntos. Está muy claro que una empresa que, por caso, tiene 20 empleados, será mucho más rentable si hace lo mismo con la mitad. Y mucho más lo será si, además, deja de utilizar recursos caros y no renovables, como el papel por ejemplo. Mucho mejor, para sus cuentas, es si, además, esos 10 empleados que quedan aplican parte sustancial de su tiempo a la utilización de contenidos patrocinados, a la segmentación del mercado, a la aplicación de los big data o lo que el mañana a la mañana depare en términos de modernidad. Está todo bien y tienen razón. Pero no estaremos haciendo periodismo.

La mala noticia es que sin periodismo no hay ni habrá democracia posible. Que nos aproximamos a épocas, en rigor ya estamos dentro de ellas, en las que haremos culto de la robotización de todo, hasta de las propias conciencias ciudadanas. Nada hay más fácil de manipular que las conciencias colectivas. Las pruebas las aporta nuestra propia historia ahorrándole a este periodista de pueblo el amargor de recordarlas para esta columna. Mucho más fácil será agotando el trabajo de los periodistas libres y ensalzando únicamente el de los comunicadores, que también está bien que existan. Pero no son periodistas.

Hay muchas otras cuestiones que vienen a sumar grados a la inclinación de esta pronunciada y maléfica pendiente. Tantas que exceden la posibilidad de encerrarlas en este breve opúsculo hecho casi a modo de catarsis, con mucho dolor frente a la incomprensión del fenómeno de parte de actores de la realidad nacional que debieran estar pensando en pasado mañana y no en el hoy a la tarde. Se las ahorro, estimado lector. Finalmente usted también tiene las suyas y no viene al caso que le hable de cuestiones impositivas, de asimetrías frente a un mundo cada vez más competitivo y todas esas yerbas.

Interesa, eso sí, advertir lo del encabezado. Que los tiempos modernos amenazan al periodismo de calidad. El que se desarrolla libremente en empresas privadas sanas que son las que, precisamente por ello, pueden garantizar y defender su libertad de trabajo y pensamiento. Tal como viene el presente, parece que el futuro está seriamente el peligro.

 

Víctor Agustín Cabreros

La Mañana

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